Una mirada histórica a la violencia en México

Mucho se ha hablado acerca de la funesta y rampante violencia que se ha enseñoreado en nuestro país en tiempos recientes, centrando las observaciones y las críticas en problemáticas que no van más allá de una década de antiguedad. No obstante —y sin descalificar la importancia de la actual discusión respecto a la violencia e inseguridad en el país—, poco es lo que se ha dicho con respecto a un probable origen de tales prácticas delincuenciales en la historia más o menos remota de nuestros anales. De esta forma, me gustaría delinear algunos elementos de índole histórico que podrían ayudar a entender la lamentable coyuntura que ha signado los actuales tiempos de México.

La violencia y la delincuencia durante el siglo XIX

El siglo XIX aparece ante México (cuya identidad se encontraba en plena conformación) como un amplio lapso de inestabilidad, iniciado por la independencia que se consumó en 1821, año a partir del cual el territorio mexicano se vería a merced de los proyectos políticos de uno y otro bando (centralistas y federalistas y, a partir de la Revolución de Ayutla en 1853, en conservadores y liberales), lo que hundió al país en diversos y sucesivos conflictos que afectaron a grandes porciones de su territorio pues, como un buen colega mio alguna vez apuntó: “hubo lugares donde no se disparó un solo tiro”.

Sin embargo, es evidente que tal afirmación no podía ser sostenida en amplias regiones. Las condiciones beligerantes de los grupos en pugna obligó a que dichos bandos buscaran la mayor cantidad de individuos que pudieran combatir en dichos conflictos, por lo que comenzó a hacerse uso de una terrible cuanto vergonzosa práctica: la leva. Dicha práctica no consistía más que en hacer que un individuo o grupos de individuos, tomaran las armas para combatir de forma obligatoria, lo que evidentemente violentaba a comunidades enteras, que veían partir a los “brazos productivos” de la región para perecer en las luchas intestinas de México.

Ante esta inestabilidad política, que generó descontento y que también afectó a las ya de por sí escasas fuentes de trabajo, fue que comenzaron a darse los primeros brotes de bandas delincuenciales, de las que daré dos ejemplos que sacados de la literatura de la época: el primero referente a Luis G. Inclán, autor de la novela histórica titulada: Astucia, el jefe de los Hermanos de la Hoja o los charros contrabandistas de la rama. Y el segundo respecto a la obra de Manuel Payno, la célebre Los bandidos de Río Frío.

En el primero, se trata de la formación, por un grupo de amigos, de una banda cuyo objeto principal sería el tráfico de la hoja del tabaco (de ahí el título del libro, pues “rama” era una forma en que se designaba a la hoja del tabaco en aquel entonces), con el objeto de ganarse el sustento para sí mismos y sus respectivas familias, ante el duro panorama económico que presentaba México a mediados del siglo XIX. Sin embargo, su propósito encontraba un poderoso obstáculo: el comercio del tabaco se encontraba monopolizado por el gobierno, del cual obtenía pingües beneficios, sin permitir que particulares pudiesen aprovecharse del comercio de tal artículo. Esto no los amedrentó y decidieron que “traficarían” la rama con tal de generar los tan necesarios ingresos, aun cuando la libertad e incluso la vida les fuera en ello.

Así, de un inicio modesto pasaron a un opulento, pues las ganancias del contrabando probaron ser más que buenas. Lo interesante aquí es que los hermanos de la hoja no se enriquecieron solos, sino que la comunidad donde vivían, así como los poblados e individuos con los que se encontraban en sus numerosos viajes para transportar la hoja del tabaco resintieron un beneficio económico de las actividades de estos “delincuentes”, pues era frecuente que los miembros de este selecto grupo hicieran donaciones a la iglesia, ayudaran a los pobres y dieran generosas recompensas en metálico a quienes los ayudaban a vigilar los caminos para alertarlos de las patrullas federales, que eran enviadas a perseguirlos por sus actividades ilícitas. Además de lo anterior, el beneficio se reveló también en otra importante faceta, dejada de lado por la inestabilidad imperante: la justicia, pues los contrabandistas defendieron, en multitud de ocasiones, a aquellos que, por un motivo u otro, caían en las garras de funcionarios y autoridades corruptas, las que, valiéndose de la indefención de su víctima, la extorsionaban amenazándole con pesadas multas, la cárcel, la leva o hasta la muerte. Por tanto, cada vez que los “hermanos de la hoja” defendían a estas personas (que no eran pocas, ni de un sólo lugar) acrecentaban su reputación como personas justas y “decentes”, lo que les valió el reconocimiento, así como el agradecimiento de poblaciones enteras, situación que les resultó de gran ayuda cuando eran perseguidos por las autoridades enviadas a detenerlos, pues los pobladores se ponían de parte de los traficantes, y no daban pistas ni señales que pudieran conducir a las autoridades a capturar a tales individuos.

El segundo ejemplo, que tiene que ver con la obra de Manuel Payno, basada en los ladrones que adoptaron el nombre del paraje en el cual llevaron a cabo sus fechorías, ubicado entre la ciudad de México y la ciudad de Puebla, llamado Río Frío. A diferencia de los “delincuentes” del primer ejemplo, los de Río Frío fueron una verdadera plaga, un azote para las diligencias y sus pasajeros, quienes con terror sabían que tenían que pasar por Río Frío para llegar a sus respectivos destinos.

A diferencia de los delincuentes esbozados por Inclán, los de Payno no se caracterizan por haberse iniciado en el mundo del bandidaje por necesidad, sino por una verdadera inclinación a la maldad. Tanto así, que el líder de la banda es a la vez capitán de rurales (policía federal creada para combatir, precisamente, el bandolerismo en los caminos y zonas rurales del país), lo que muestra la enorme corrupción de la que el país ya era víctima desde esa época (y desde mucho antes).

Primer asalto
Los bandidos de Río Frío – Tomado de rincondelvago.com

Regresemos ahora al presente, ¿a qué nos recuerdan los traficantes del primer ejemplo, los de Astucia? ¿Con qué relacionamos a los del segundo ejemplo, aquellos bandidos de Río Frío?

En primera instancia, seguro que los “hermanos de la hoja” debieron de recordar al extinto cártel michoacano llamado “La Familia”, no sólo por la región en que operaban los antiguos contrabandistas de la rama (al igual que La Familia, los protagonistas de Astucia libraron sus batallas en tierras michoacanas), sino también por el tipo de organización delictiva que el actual grupo criminal lleva a cabo, a saber: se destaca por la ayuda a los más necesitados; provee de empleo a aquellos que carecen del mismo; procuran justicia a nivel local y se hacen temidos al no permitir “malos comportamientos” por parte de las personas que viven en las regiones bajo su mando. En conclusión, dicha organización es parte de la sociedad y se nutre de ella… Más aún, como en los remotos tiempos del siglo XIX, el Estado Mexicano ha fallado en su misión de asegurar el orden, la paz, el progreso y la justicia, por lo menos en los lugares donde opera el ya mencionado cártel, por lo que éste asume el papel y la responsabilidad del Estado al garantizar apoyos sociales, tales como empleo, justicia y seguridad, acciones todas que lo legitiman ante la sociedad de la cual ha surgido y que, como parte de ella, tiene el deber de defender, aunque, podría discutirse los métodos usados para ello (es común leer en las noticias que se han encontrado cadáveres decapitados, no sin antes haber sido torturados, principalmente en la tierra caliente de Michoacán).

El segundo ejemplo, tomado de la excelente obra de Payno, supone algo que probablemente resulta más común a la mayoría de los mexicanos en las diferentes latitudes de nuestra geografía, y esa es la de la corrupción como natural acceso al poder, como una forma de ejercerlo y de sacar mayor provecho del puesto que se ostenta. Numerosos serían los ejemplos de políticos que hacen triquiñuelas con el erario público, del cual obtienen enormes beneficios para sí mismos o para sus incondicionales (recordemos las redes de compadrazgo, clientelismo, nepotismo, etc., tan comunes en nuestro país), sin embargo, dichas prácticas, a pesar de ser total y completamente reprobables, tienen un menor impacto en la vida del ciudadano “de a pie”, que aquellas autoridades que, siendo corruptas, hacen uso y abuso de su posición de poder para beneficiarse, por una lado, de sus ingresos como oficial pagado por el Estado y, por el otro, de los beneficios económicos, sociales y de prestigio que puede darles ser el miembro o jefe de un grupo delictivo. Numerosos son los escándalos en que son cesados autoridades con rangos de simples policías hasta los más altos jerarcas del escalafón, precisamente por su nexo con bandas criminales.

Ejemplos hay muchos pero, ¿no es cierto que miembros y el jefe de los Zetas son de extracción marcial? Es decir, que estuvieron un tiempo en el ejército mexicano pero que, hartos por una serie de motivos decidieron desertar y aglutinarse para fundar el que es probablemente el grupo criminal más sangriento y peligroso no sólo de México, sino de América entera.

De esta manera, lo que he tratado de exponer es que el serio problema de violencia al que México se enfrenta no debe ser tratado sólo desde una perspectiva actual, que remonte su mirada una o dos décadas en el pasado, sino que la violencia es en sí una larga tradición histórica mexicana, dividida en diversas vertientes, matizadas por las coyunturas políticas y económicas, y que debe de ser estudiada de sus orígenes o, al menos, desde sus expresiones más evidentes y contundentes que, a mi juicio, se dan a mediados del siglo XIX.

Cabría señalar que no he hablado más que de dos ejemplos ubicados perfectamente en el tiempo, pero que podría hablarse de esto avanzando cronológicamente hasta llegar, por ejemplo a la Revolución Mexicana, pasando por el Porfiriato y alcanzar, consecuentemente, la presidencia imperial (como la ha definido Enrique Krauze) que se dio con el PRI en el poder, épocas en las que un análisis de la violencia debe ser hecho, y que dejo para alguna otra entrada de este naciente blog.


One thought on “Una mirada histórica a la violencia en México

  1. Muy buena comparación, muchos se preguntan acerca de la necesidad por ir al pasado, pues con esta entrada podrán leer que la Historia debe buscar la respuesta en el pasado de problemas de este presente. Estudiar los orígenes, las estructuras y los comportamientos pasados, es una excelente opción para comenzar a problematizar y diseñar este nuestro complejo presente. Un saludo enorme y que las entradas sigan aumentándose.

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