Cacicazgos post revolucionarios ¿Los antecedentes de los actuales cárteles?

En el post anterior, hice uso de dos obras literarias para ejemplificar que tan lejano en el pasado se encuentra el origen de la delincuencia y la violencia en nuestro país, sus posibles causas, así como para establecer una diferenciación en dos casos fácilmente identificables.

En esta ocasión, me gustaría volver a enlazar la violencia a sus fuentes históricas, pero no retroceder hasta mediados del siglo XIX, sino hablar en esta ocasión del siglo XX, en especial de los últimos años de la Revolución Mexicana y sus etapas posteriores.

El rompimiento de la estabilidad porfiriana

En todo conflicto armado, como es fácil imaginarse, las pasiones humanas se desatan, las leyes ceden ante las armas (Cedant leges inter arma) y, en general, toda las zonas afectadas por la guerra se convierten en presas del mayor caos. Por ello Madero, antes de lanzarse a la lucha armada contra el régimen opresor que por más de tres décadas había encabezado el general Porfirio Díaz, intentó, sin éxito, hacer valer las leyes y alcanzar el poder de manera democrática. Sin embargo, comprendió claramente las consecuencias de este tipo de proceder, pues dijo sin ambagues que una lucha armada no significaría otra cosa más que “una calamidad nacional”, pues bien sabía Madero que tal forma de llegar al poder abriría nuevamente el protagonismo de las armas como medio efectivo para alcanzar las aspiraciones políticas, es decir, el país volvería a la inestabilidad y violencia que conoció a mediados del siglo XIX, y que Díaz, a pesar de todos sus errores, logró resolver durante su gobierno. Este último personaje sentenció, después de abordar el navío Ipiranga, que habría de llevarlo al exilio, algo así como: “Madero ha soltado al tigre, veremos si puede domarlo”, en clara alusión al regreso de la violencia y el caudillismo como medios para hacerse del poder. Así habría de suceder.

Díaz en el Ipiranga

La violencia revolucionaria y post revolucionaria

Madero sucumbió ante Huerta, Huerta huyó ante el avance Constitucionalista. Carranza fue muerto años después por Obregón y así, sucesivamente, se dieron diversas rebeliones cuyo objeto no fue otro que alcanzar la silla presidencial. La Revolución devoraba a sus hijos.

Fue bajo Plutarco Elías Calles (quién a su vez eliminó a Obregón) que comenzó a darse cierta estabilidad, pero a costa de grandes sacrificios. El país tenía que ser pacificado y el precio no importaba. Así, a algunos de los caudillos que habían establecido verdaderos feudos en diversas partes del país, en los cuales su voluntad era ley, hubieron de ser perseguidos y asesionados. Con algunos otros —cuyo peso, poder y servicios probablemente fueron mayores—, se negoció una especie de armisticio, el gobierno pareció ofrecer a los caciques: Tu deja de inmiscuirte en los asuntos del gobierno central y, en cambio, yo me hago de la vista gorda ante los abusos que cometas en tu “feudo estatal”.

De esta manera, los estados (o al menos amplias regiones de éstos) pasaron a ser propiedad personal de una serie de individuos que actuaban, junto con sus ejércitos personales (pues muchos no se habían desarmado aún) de manera virtualmente impune. Las elecciones eren boicoteadas, los funcionarios impuestos, los descontentos desaparecidos, sus propiedades confiscadas y una larga serie de irregularidades más.

Las consecuencias en la actualidad

¿Puede notarse entonces alguna similitud en la forma de operar de los antiguos caciques con los modernos cárteles de la droga que asuelan el país?

Para mi la respuesta es claramente afirmativa. Los actuales rotativos, críticos, intelectuales y líderes de opinión han dicho de manera reciente que el problema actual de violencia e inseguridad tiene sus orígenes más inmediatos en las últimas décadas del siglo pasado, cuando los diversos dirigentes pertenecientes al entonces partido en el poder (PRI) permitieron e incluso incentivaron el tráfico de drogas hacia los EUA, acción que arrojaba jugosos dividendos, tanto para los narcotraficantes como para los funcionarios que protegían y se beneficiaban de dichas actividades.

Puede decirse que el gobierno “controlaba” a los cárteles. No había asesinatos más que aquellos permitidos por el poder político, el transporte de la droga se realizaba sin problemas y la actividad ilícita realmente no era dañina para el país, pues no era aquí donde se producía la droga, no había competencia por las rutas, etc. México era tan sólo un lugar de paso.

El problema vino con la aparición de nuevos competidores que lucharon por la producción y rutas de transporte de la droga, pero, ante todo, con la salida del PRI del poder. ¿El PAN (desde Fox) no pudo o no quiso pactar con estas antiguas formas de hacer negocio con productos ilícitos? ¿Buscó el gobierno calderonista (ante el fraude de 2006)  legitimarse mediante el combate al narcotráfico? y de paso ¿Cuidarse las espaldas con el elemento militar ante una probable reacción violenta por parte de la ciudadanía inconforme?

Patrullaje de la Policía Federal en Monterrey

Cualquiera que sea la respuesta a las anteriores interrogantes, me parece que es claro que el problema que hoy nos aqueja se encuentra en los cimientos mismos que sostienen la estructura política e histórica del país. Así, el problema no podrá resolverse (a mi juicio) si antes no se actúa contra la corrupción y la impunidad, elementos importantísimos para la desintegración de los grupos que hoy tanto daño ocasionan a la sociedad.


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