La Escuela de Tropa [Porfiriato]

No es para nadie un secreto que la educación es uno de los temas de mayor importancia para la buena conducción de un país. Es por ello que los gobiernos delinean políticas cuyos objetivos sean la de hacer llegar la educación a la mayor cantidad de gente, con la mayor calidad posible, pues esto posibilitaría el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes, afianzaría el compromiso de éstos en lo relativo a sus deberes cívicos, sin mencionar que una población mejor preparada es indispensable la producción de nuevos giros comerciales y de negocios, como la manufactura de productos de alta tecnología, que requiere de mano de obra especializada.

Hoy día las administraciones de numerosos países tienen a la educación como un tema prioritario que, como tal, debe impulsarse para así beneficiar al país mismo. Pero como buen historiador no pude menos de cuestionarme acerca de la forma en que la educación era concebida hace 100 años, si era considerada como un asunto de menor importancia o, por lo contrario, era considerada, igual que hoy, como un tema de urgente necesidad.

Pues resulta que me encontré con que la educación fue una cuestión prioritaria desde el siglo XIX en México. Ya desde la época en que gobernaba México (después de la expulsión de los franceses a partir de 1867), Juárez tuvo en mente que una de las pocas formas de sacar al país del atolladero social, económico y político en el que se encontraba era precisamente la “ilustración” del pueblo. Por ello, encomendó a Gabino Barreda la creación de un sistema educativo que llegara a la mayor cantidad de gente posible y que mejorara el modelo de enseñanza (introdujo el método científico en la enseñanza elemental), a partir de lo cual se creó la Escuela Nacional Preparatoria.

Más adelante, ya en el Porfiriato, tanto las élites políticas como las clases sociales altas privilegiaron a la educación considerándola como una panacea que regeneraría a la —baja— sociedad, que en su gran mayoría carecía de toda noción de instrucción, por elemental que fuera.

Esta noción respecto a la necesidad de educar también permeó a las altas jerarquías de la milicia nacional, pues la tropa del ejército en esa época estaba compuesta —en su práctica totalidad— por miembros de las consideradas (por las élites sociales) “clases peligrosas” o “gentes de trueno”, es decir, los vagabundos, asaltantes, criminales, vagos, tahúres, ebrios e, incluso, se consideraba a la clase indígena como una rémora que sólo retrasaba el progreso del país y por lo cual era necesario “regenerarla”. ¿De qué forma? Pues a través de la educación. ¿Cómo? Pues reclutando al ejército la mayor cantidad de esas personas, así recibirían cierta instrucción, disciplina y, en el caso de los indígenas, hasta aprendería a hablar español.

Sin embargo el maltrato al interior de los cuarteles era mayor que la educación que se ofrecía, por lo que era frecuente la deserción y acentuaba la ya de por sí escasa disponibilidad de los esforzados reclutas por aprender cualquier cosa. Como esto afectaba la composición, el espíritu de cuerpo y la efectividad del ejército, en 1898 el general Felipe Berriozábal, entonces titular de la Secretaría de Guerra (la actual SEDENA) creó las escuelas de tropa, con el objeto de que los individuos de tropa, o  soldados rasos, pudieran efectivamente recibir al menos una educación elemental, enfocándose en la enseñanza de las primeras letras y rudimentos de aritmética.

El plan consistió en erigir una de estas escuelas en todos y cada uno de los cuarteles de la República, sin embargo, esta medida no avanzó sino hasta que el general Bernardo Reyes llegó a la titularidad de la Secretaría de Guerra, a la muerte del general Berriozábal (enero de 1900). Bajo la autoridad de Reyes comenzó a florecer y esparcirse la idea de que el soldado también debía y, de hecho, estaba siendo educado. De esta manera, es a partir de esta época que comienza la “modernización” del ejército en el aspecto educativo de sus jerarquías inferiores.

Sin embargo, ni el gobierno ni el propio Ministerio de la Guerra parecieron haber instrumentado un plan adecuado para que todos los soldados cursaran sus estudios en las referidas escuelas, sin menoscabo del resto de sus actividades en el cuartel. Afirmo esto por las cifras que la misma dependencia de guerra vertió en los años subsecuentes. Por ejemplo, en el informe rendido para 1907-1908, se matricularon 12,107 soldados, pero de estos, sólo atendieron a clases 7,672 es decir, un 63%. Esto podría no parecer tan malo, pero uno puede constatar la poca efectividad de las escuelas de tropa al enterarse del número de soldados que terminaron sus cursos, que se redujo a 365 efectivos.

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365 soldados —de poco más de 12 mil matriculados— pudieron terminar su preparación en las escuelas de tropa. ¿La razón? Las obligaciones de los efectivos en el cuartel les impidieron asistir a las aulas con regularidad. Esto nos habla de que no existió (y probablemente tampoco interesó a los titulares de la cartera de Guerra, ni a los altos funcionarios de gobierno), un plan de acción bien instrumentado que permitiera dividir el tiempo destinado a los deberes del cuartel, del que estaba destinado a la educación de los soldados, lo que produjo que la aplastante mayoría se quedara en el mismo nivel de ignorancia con el que había ingresado a servir en las armas nacionales.

Así podemos ver que, si de alguna manera la educación era (y lo sigue siendo) considerada como un factor crucial para el desarrollo de los pueblos, y que se hacían ciertos esfuerzos por prodigarla entre el mayor número de individuos posible, también es posible observar que por una serie de motivos, como la indolencia, la corrupción u otros, dichos esfuerzos no llegaron a dar los frutos que se esperaban, lo que es especialmente negativo tratándose de la educación, una de las herramientas de cambio y progreso en la que el gobierno y sociedad en general debe centrar su atención para mejorar el bienestar general.

Finalmente, hay que decir que el tema de la educación, que al fallar en instruir a los soldados, falló también en moralizarlos, en capacitarlos y adiestrarlos para la guerra y, lo más importante, falló al crear un espíritu de cuerpo que dotara del sólido aglutinante corporativo a la masa ignorante, descalza e indolente que entonces conformaba la tropa de nuestra milicia, la base de cualquier ejército. Esto me lleva a pensar que el hecho de que el gobierno y la Secretaría de Guerra no hubiesen puesto la atención suficiente a la instrucción de los soldados, influyó de manera considerable a la derrota del ejército federal frente a las gavillas revolucionarias que a partir de noviembre de 1910 comenzaron a levantarse en diversos puntos del país, otro factor que contribuyó a la derrota del ejército federal, pues con su corto número de efectivos, fue imposible perseguir y sofocar todas las manifestaciones armadas de descontento.


Para saber más:

BAZANT, Mílada, Historia de la educación durante el Porfiriato, El Colegio de México, México, 1993, 297 pp.

CASTILLO TRONCOSO, Alberto del, “Entre la criminalidad y el orden cívico: imágenes de la niñez durante el Porfiriato”, en Historia Mexicana, vol. 48., núm. 2, México, 1998, pp. 277-320.

Memoria de Guerra y Marina, 1900 a 1901 y 1906 a 1908.

La educación en el ejército porfiriano, 1900-1910: http://goo.gl/bG3j9


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3 thoughts on “La Escuela de Tropa [Porfiriato]

  1. Saludos,
    Bueno así como recomendar bibliografía, pues… tal vez ya conoces dos de los libros que tratan un poco más el tema, uno es el coordinado por Milada Bazant titulado “la evolución de la educación militar en México”, y el otro es de Anne Staples, “Recuento de una batalla inconclusa…”
    Espero sea de tu interés.
    Atte. Xochitl Martínez G.

    1. Conocía a las autoras pero no esas obras. Muchas gracias por compartir dicha información. Espero luego podamos seguir hablando del tema.
      ¡Saludos!

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