Julio de 1867: Expulsamos a los franceses y ahora… ¿Qué hacemos con el ejército?

En 1867 se cumplían prácticamente cinco años desde que las primeras fuerzas invasoras francesas habían llegado a suelo mexicano para pacificar el país y, con ello, asegurar una llegada, viaje y estancia sin sobresaltos para Maximiliano de Habsburgo y su séquito, destinado a gobernar México. No obstante, la resistencia armada del ejército mexicano (o mejor dicho, ejércitos), bajo el liderazgo de Benito Juárez desde el norte —que en combinación con otros factores, como la inminente guerra entre Prusia y Francia—, resultaron en el empuje victorioso de las fuerzas liberales que lograron asediar y capturar Querétaro, último enclave de resistencia de las fuerzas imperiales el 15 de mayo de 1867. Con la toma de la ciudad de México por parte de Porfirio Díaz, Juárez pudo entrar a la capital del país el 15 julio de ese mismo año.

Juárez entrando a la ciudad de México

 

La situación no podía ser más halagadora: en unos cuantos meses las tropas liberales emprendieron una campaña victoriosa que los condujo a expulsar de suelo mexicano a los invasores, y a recuperar la ciudad de México, la capital del país. Además, se aseguraban de haber eliminado cualquier capacidad de acción del partido conservador (bajo cuya anuencia se había logrado el apoyo militar francés), y se había conservado la soberanía nacional.

Toma de la ciudad de Puebla por las fuerzas del general Porfirio Díaz

 

Pero después de prácticamente cinco años de guerra el ejército había elevado su número de efectivos notablemente para hacer frente a la amenaza de la invasión. Dicho ejército se nutrió, además, de partidas irregulares que se formaron de manera improvisada al calor del conflicto y conforme fuesen siendo útiles. Muchos de estos grupos irregulares, aunque por lo general bajo las órdenes de un mando regional nombrado por el gobierno de Juárez, actuaban de manera independiente sin seguir un plan de batalla (o de acoso, ante la imposibilidad de presentar una batalla regular debido a la superioridad numérica, de armamento e instrucción del ejército invasor) bien establecido.

Así pues, cuando por fin las tropas enemigas abandonaron el país, el gobierno se encontró con un serio problema referente a las fuerzas y cuerpos armados de que se había echado mano para lograr la victoria militar. Ese problema es que ante la recién conquistada paz, un ejército de amplias proporciones como el que entonces se tenía ya no era de ninguna utilidad y, peor aún, requería de enormes sumas de dinero. La inversión de recursos económicos en un ejército que ya no tenía razón de ser era considerado un desperdicio y algo sumamente negativo para las finanzas públicas, pues dichos recursos serían mucho mejor aprovechados en otros ramos de la administración, como el de fomento, hacienda, educación, etc.

Y es por ello que el gobierno se decidió, casi recién llegado Juárez a la capital, por disminuir y poner en receso las fuerzas levantadas con motivo de la guerra que acababa de terminar. De esta forma, se dictó la circular de 30 de julio de 1867, que dice lo siguiente:

Concluida la campaña en que el Ejército Nacional conquistó gloriosamente como fruto de su constancia y sacrificios el aseguramiento de la Independencia y el restablecimiento de las instituciones republicanas, el C. Presidente de la República. ,se sirvió determinar, según se ha comunicado á V., la parte que de este mismo Ejército debiera quedar en servicio para la conservación de la paz y el orden público, así como los lugares de  su situación en los que se ha tenido presente que puedan acudir con su servicio donde fuera necesario. En tal virtud, las fuerzas que ecsistan [sic] en el Estado de su mando al servicio federal, y que no formen parte de las divisiones organizadas, las mandará V. poner en asamblea, depositando el armamento y organizando la Guardia Nacional, de manera que sin gravamen del erario se instruya y reglamente para llenar el objeto de su institución. En cuanto á la fuerza necesaria para la guarnición del Estado de su mando, ya en las localidades, como para la seguridad de los caminos, mandará V. organizar las de policía correspondientes para que presten este servicio, y que serán pagadas precisamente de los fondos del Estado, cuidando con el mayor esmero, de que su número no esceda [sic] de aquel que demanden las atenciones que deban cubrir; pues el erogar en este ramo mayor gasto que el indispensable, causará á V. dificultades en la buena administración del Estado que se le ha encomendado, 6o le impediría dedicar esos fondos con mas provecho á los demás ramos vitales que forman la base del adelanto y
progreso de las poblaciones.
Al organizar las fuerzas de policía, puede V. hacerlo por medio de voluntarios, ó utilizar la parte conveniente de las que se mandan retirar del servicio federal; mas sin conservar contra su voluntad, soldados casados, eligiendo de entre los que se retiren del servicio á los solteros, y prohibiendo absolutamente el reclutamiento por medio de levas.

Lo digo á V. por acuerdo del C. Presidente, para su cumplimiento.

Libertad y Reforma.
México, Julio 30 de 1867

Mejía

Esta circular fue enviada por el ministro de la Guerra, quien entonces era Ignacio Mejía Álvarez, a los gobernadores de los estados (por aquello de organizar la Guardia Nacional, que era una atribución de las entidades federativas), así como también a los jefes de las zonas militares, a cuyo cargo estaban las divisiones regulares del ejército.

Captura
Mandando hacer efectiva la disposición de 30 de julio para que sean puestas en asamblea las fuerzas que no formen parte de las Divisiones.

 

La lectura de dicha circular revela el estado en como se encontraban las cosas recién terminada la aventura monárquica en México. Por ejemplo, al mandar poner en asamblea las fuerzas no federales, el gobierno persigue el desarme de todas las fuerzas irregulares que se levantaron para combatir al invasor, y que sin duda fueron muy numerosas. Además, el hecho de que dichas fuerzas quedaran inscritas como Guardias Nacionales y se resaltara la frase “sin gravamen del erario”, demuestra el gran gasto que dichas fuerzas importaban a la administración central, y que era necesario suprimir de manera urgente al cambiar la denominación federal de estas fuerzas a una denominación estatal, es decir, al quedar como Guardias Nacionales, que era una institución controlada y mantenida por las entidades federativas.

La preocupación y la urgente necesidad de eliminar el enorme gasto que representaban estas fuerzas también se refleja en la orden relativa a la organización de la policía para el cuidado de la paz pública y de los caminos de cada entidad, la cual debía de ser pagada “de los fondos del Estado, cuidando con el mayor esmero, de que su número no exceda de aquel que demanden las atenciones que deban cubrir”, pues de lo contrario, se corría el riesgo de que se presentaran “dificultades en la buena administración” de la entidad de que se tratara.

Por último, la circular hace énfasis en la forma en que deben ser reclutados los efectivos de dicha policía, previniendo que tenían que ser voluntarios “o utilizar la parte conveniente de las que se mandan retirar del servicio federal”, prohibiendo la conservación de los soldados en contra de sus voluntad, al igual que el uso de la leva, lo que, al menos para conseguir efectivos destinados a servir en el ejército, no se respetó, pues la leva siguió siendo, hasta la caída del régimen huertista en 1914, la forma más común de obtener reemplazos que sirvieran en la milicia nacional.

Evidentemente esta disposición acarreó numerosos problemas. El primero de ellos fue el relativo al peligro que los combatientes, ahora sin un un empleo, se agruparan bajo las órdenes de un oficial o jefe codicioso y que estimara no haber sido recompensado por sus servicios en la pasada guerra, y lo convenciera a la tropa ociosa de rebelarse contra el gobierno, provocando asó nuevos motines y alzamientos que produjeran más inestabilidad justo en el momento en el que más se hacía necesaria la paz para la buena administración del país.

Un segundo problema estribaba, nuevamente, en la ociosidad de los excombatientes, pues sin un empleo fijo, sin medios para subsistir y negándose a volver a su anterior vida de campesinos o artesanos, podían comenzar a dedicarse, como en efecto sucedió, a la delincuencia, poniendo en jaque especialmente la seguridad de los caminos (los asaltos en el camino México-Puebla era ya famosos). Esta situación afectaba el desarrollo económico de los caminos, pues inhibía el comercio y la circulación de bienes y personas. Así pues, el bandidaje, que era ya un problema serio, se convirtió en una epidemia que debía de ser controlada.

Soldados y proletarios, Moritz Rugendas, siglo XIX.

 

Un tercer problema radicó en la negativa de los excombatientes a desarmarse y retirarse pacíficamente a sus hogares, pues la guerra les había dado un estatus social (ostensiblemente mejor al que tenían antes de comenzar sus actividades militares), un modo de vida y, además habilidades específicas de la profesión de las armas, así como un reputación en el área o región en la que operaban, por lo que fue difícil ponerlos “en asamblea”. Por ello, y para no provocar más conflictos, el gobierno en diversos casos dotó a estos cuerpos armados con la tarea de vigilar los caminos de su área de influencia, pues conocían bien el territorio, y se habían vuelto jinetes y tiradores consumados, lo que fue considerado uno de los inicios de la policía rural en México, institución que durante el Porfiriato ejerció gran influencia y tuvo un papel importante en la conservación del orden en dicho régimen.

Así pues, como vemos, la disminución de un ejército al término de una guerra es una cuestión bastante delicada que exige llevar a cabo la tarea de manera gradual y con tino. Juárez resolvió el problema al conservar varios cuerpos como policía rural, y manteniendo un ejército relativamente numeroso, cuestión que le granjeó diversas críticas y acusaciones, como la de querer sostener su gobierno con “las bayonetas y no con las leyes”.

Consulta la la circular correspondiente al 30 de julio de 1867:

Mandando hacer efectiva la disposición de 30 de julio para que sean puestas en asamblea las fuerzas que no formen parte de las Divisiones


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9 thoughts on “Julio de 1867: Expulsamos a los franceses y ahora… ¿Qué hacemos con el ejército?

  1. el secretario de Guerra Ignacio Mejia fue familiar del general Vicente Mejia que llega a Sonora con las primeras tropas federales que hacen presencia en 1872

    1. Hola K’uyok, no he estudiado esa época más que por “encimita”, por lo que no tengo información en cuestiones de reglamentos y decretos. Lo que sí puedo decirte, es que Juárez hizo intentos por fortalecer al ejército como una de las medidas necesarias (junto con las legislativas) para controlar a las entidades federativas, que se habían llenado de privilegios a partir de la “puesta en práctica” de la Constitución de 1857.
      Precisamente sobre este asunto escribí un poco en mi tesis de maestría, y espero sacar ese breve texto a la luz pronto, en cuanto así sea, te aviso para que le eches un ojo y veas si te sirve de algo.
      ¡Saludos!

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