Historiar en el siglo XXI: aplicaciones imprescindibles para la “investigación 2.0” (Parte I: GoodReader y Dropbox)

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Ya he abordado en ocasiones anteriores la importancia de los avances tecnológicos en el campo relativo a la “hechura” de la historia, especialmente a la cada vez más común tarea de digitalización que varias instituciones, ya públicas ya privadas, se encuentran haciendo para poner a disposición del público en general los documentos y obras que conservan y que resguardan con tanto celo en sus instalaciones.

De igual forma he tratado la evolución de la que en estos momentos somos testigos referente al acceso a la información, monopolizado por organizaciones como JSTOR en la que ni el consumidor de esa información, ni quien la produce resulta beneficiado, lo que ha derivado en esfuerzos por constituir redes sociales académicas en las que los científicos de una o varias disciplinas puedan someter sus estudios al juicio de sus pares, así como para poder dar a conocer sus trabajos de manera pública a todo el que esté interesado de manera gratuita, y sin tener que ceder los derechos de sus investigaciones.

Todo lo anterior requiere, sin embargo, cierto conocimiento de las actuales tecnologías. Desde lo más básico como podría ser la introducción de direcciones en la barra correspondiente de un navegador, hasta el uso avanzado de hardware (como tabletas, smartphones, escaners y otros equipos) junto con funciones específicas de cierto software, como Adobe Acrobat (para convertir imágenes a PDF) o Microsoft Word para PC o Mac, o las famosas “apps” que se descargan dispositivos portátiles como la iPad de Apple o la Nexus de Google y cuya función tienen la de hacer la tarea de la lectura y la edición de documentos más sencilla, rápida y productiva.

En los últimos años (especialmente los últimos dos), me he dado cuenta que los historiadores hemos tratado de aprovechar este “boom” tecnológico que, afortunadamente, ha ido acompañado también de un descenso de los precios para poder adquirir tabletas, smartphones y cámaras no sólo con el objetivo de darles un uso recreativo, sino para también usar dichos dispositivos como herramientas de trabajo. No es raro, por ejemplo, encontrarse en cualquier repositorio que resguarde documentos antiguos a un historiador (ya sea uno consumado, o uno dando sus primeros pasos) tomando fotos de aquellas páginas que resulten importantes para su investigación. Esto con el objeto de ahorrar tiempo (no es lo mismo tomar una foto que transcribir folio por folio un expediente completo) y de tener —casi— el documento original en su poder aunque, claro, en su versión digital. De esta forma el científico social puede llegar a su casa o centro de trabajo, descargar la totalidad de las “fotografías-documentos” tomadas en el archivo, y dedicarse tiempo completo al análisis de esa preciada información, proceso que sería mucho más largo y engorroso de no contar con esas herramientas informáticas.

Pero las ventajas no terminan aquí. Digamos que nuestro historiador tiene que trasladarse frecuentemente y por periodos más o menos largos, y que preferiría aprovechar esos tiempos muertos en el tráfico, o entre una ciudad y otra avanzando en la lectura de los documentos fotografiados en el archivo y desea hacer uso de su tableta o smartphone. Pues bien, existen aplicaciones que no sólo nos permiten leer nuestros documentos PDF, si no que nos darán la posibilidad de hacer anotaciones sobre ellos. Opciones como poder subrayar, marcar, anotar y, en fin, poder hacer en nuestro documento digital todo lo que haríamos si se tratará de la versión original en papel (es un decir, creo nadie se atrevería a subrayar el original del acta de independencia de México, ¿o sí?) y, por si esto fuera poco, con la posibilidad de sincronizar estos archivos directamente con los existentes en nuestros equipos ubicados ya sea en casa, en el centro de trabajo o en ambos, todo con un mínimo esfuerzo.

Estas conocimientos, dispositivos y aplicaciones han ido haciéndose cada vez más conocidos por la comunidad académica, pero me gustaría profundizar un poco el funcionamiento de algunos de estos para aquellos que aún no se meten de lleno en esta nueva forma de hacer investigación (aunque en todo caso es complementaria a las formas tradicionales), puedan incursionar en este terreno y ser más productivos con los dispositivos con los que ya cuentan.

En primer lugar es muy importante saber crear, editar y usar los documentos en formato PDF (Portable Document Format), ya que nos permitirán sumar en un solo archivo decenas, cientos o hasta miles de fotografías (suponiendo que lo que se persiga es llevar nuestras fotos tomadas en el archivo al dispositivo portátil), o tan sólo fusionar algunos archivos PDF’s de los documentos que encontremos en los diversos archivos digitales y que, con frecuencia, se encuentran divididos en varias partes para hacer más sencillo su alojamiento en los servidores, así como más rápida su consulta y descarga. En mi caso, suelo usar Adobe Acrobat XI, que es una herramienta excelente pero que tiene un costo más o menos alto. Sin embargo, existen una serie de herramientas gratuitas que nos permiten llevar a cabo el mismo trabajo sin tener que desembolsar un centavo. Por ejemplo, para fusionar varios PDF’s en uno sólo, puede utilizarse MergePDF, y para unir varias imágenes en un solo PDF, puede recurrirse a A-PDF. Ambas herramientas harán el trabajo “online” y libre de cargos.

Ahora lo que nos interesa, las aplicaciones para poder leer y anotar en nuestros archivos PDF directamente desde nuestra tableta. En este post me centraré en la aplicación GoodReader disponible sólo para el iPad. Puede adquirirse directamente en la App Store y su costo es de $65 pesos, lo que en mi opinión es una ganga para todo lo que te permite hacer.

Una vez que ya hemos descargado la aplicación y tenemos listos los archivos que queremos llevar con nosotros y deseamos editar surge la duda: ¿Cómo pasar los documentos de la PC (o Mac o Linux) al iPad para abrirlos con GoodReader? Claramente pueden transferirse de a la manera tradicional, es decir, mediante el cable USB que se conecta a la PC (o mediante WiFi, aunque es más lento) o incluso enviándonos por correo electrónico los archivos para luego ser abiertos desde el iPad. Pero como el chiste es usar Dropbox y llevar con ello a cabo una sincronización inmediata de nuestras anotaciones, me centraré en ese aspecto.

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En primer lugar, hay que permitir el acceso a GoodReader a nuestra cuenta de Dropbox, lo que se logra al presionar el botón “Add” en la sección llamada “Connect to Servers” (a la derecha de la interfaz de inicio de GoodReader). Se nos pedirá darle un nombre y, cuando lo hayamos hecho, aparecerá en nuestra lista de “Servidores Web”. En mi caso usé el nombre “Dropbox” (Imagen 1). A continuación seleccionamos el acceso que acabamos de crear, lo que abrirá una página que solicita las credenciales necesarias para acceder a los archivos de nuestra cuenta de Dropbox (Imagen 2). Después de llenar los campos correctamente pulsamos “iniciar sesión”, lo que cerrará la pantalla de acceso y nos mostrará a continuación las carpetas y archivos en un menú a la izquierda de la interfaz de GoodReader (Imagen 3).

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Imagen 1 – Agregar cuenta de Dropbox en la sección “Connect to Server”.

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Imagen 2 – Introducir credenciales para acceso de los contenidos de Dropbox.

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Imagen 3 – Ventana a la izquierda con los contenidos de nuestro Dropbox.

Para sincronizar uno de nuestros documentos, bastará con seleccionarlo y seguir unos pocos pasos. En mi caso, seleccioné la obra de don Francisco Bulnes, El verdadero Díaz y la Revolución que se puede descargar por partes (y por eso es necesario conocer herramientas para editar PDF’s) desde la biblioteca virtual del Senado. Como decía, eligen el documento deseado, seleccionan abajo la opción “Sync” tras lo cual aparecerá un cuadro de diálogo diciéndonos qué hacer para sincronizar los cambios una vez que hayamos terminado de editar nuestro archivo (Imagen 4). A continuación nos pide elegir un folder donde se descargará el documento y, hecha la elección tocaremos el botón “Download here & Synchonize” (Imagen 5). Aparecerá otro cuadro de diálogo con los parámetros de sincronización, donde se pueden cambiar ciertas opciones. En mi caso, lo dejo tal cual y prosigo al seleccionar el botón “Sync” (Imagen 6).

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Imagen 4 – Selección del documento a sincronizar.

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Imagen 5 – Selección de destino del documento a ser sincronizado.

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Imagen 6 – Parámetros de sincronización.

Una vez descargado el documento, lo abrimos y estamos listos para editarlo, sin embargo, la primera vez que realizamos esta acción GoodReader nos preguntará si queremos hacer una copia aparte con las anotaciones (para dejar el original intacto) o, por lo contrario, si preferimos escribir sobre el original. Yo —casi— siempre elijo escribir sobre el original para no hacerme bolas con las copias, además de que siempre conservo un original del documento sin editar en un disco duro externo (imagen 7). Una vez hecha esta elección, podremos editar hacer anotaciones y escribir todo tipo de comentarios directamente sobre nuestro texto. Los que aquí muestro son tan sólo un ejemplo, pues existen varias funcionalidades más (Imagen 8). Una vez que hayamos terminado, regresamos a la página principal de la interfaz de GoodReader y para sincronizar los cambios, tan sólo tendremos que buscar la sección (del lado derecho y justo arriba de “Connect to Servers”) llamada “Web Downloads” (en la cual aparecerán, como su nombre lo indica, todas las descargas que hagamos directamente desde Internet). En esa sección deberemos localizar el archivo correspondiente y pulsar el pequeño botón verde con fechas para dar inicio a la sincronización (imagen 9).

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Imagen 7 – Elección sobre editar sobre el documento original o sobre una copia.

Imagen 8
Imagen 8 – Anotación del documento con diferentes posibilidades.

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Imagen 9 – Sincronización del archivo una vez terminada la edición.

Una vez que la transferencia de datos finalice (lo que dependerá del tamaño del archivo y la velocidad de Internet), podremos consultar los datos actualizados en nuestra carpeta de Dropbox sin mayor esfuerzo, y utilizar esos datos para nuestras tareas académicas, como redacción, condensado de datos, tablas o para lo que se requiera. En la siguiente imagen se muestra el mismo documento abierto ya en la PC con Acrobat Reader.

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Vista del documento editado en el escritorio de Windows.

Espero esto sirva para introducir a las personas que aún no conozcan el potencial de las nuevas herramientas que la tecnología pone a nuestra disposición y, para aquellos que ya las usan, probablemente darles a conocer un nuevo método de trabajo.

En una entrada futura (la próxima muy probablemente), espero poder revisar una aplicación con funciones muy parecidas a las de GoodReader pero para la creciente y cada vez más popular (además de más económica) plataforma basada en el sistema operativo móvil Android (Google). El nombre de la app en cuestión es RepliGo Reader, cuesta (al momento de escribir esto) tan sólo $38.16 y funciona tanto con los smartphones como con las tabletas que corren dicho OS.

Esto evidentemente aplica no sólo para la investigación histórica, sino para toda una serie de actividades que puedan involucrar el trabajo de textos y otros tipos de materiales de manera móvil, con la ventaja de tener esos datos listos para usarse en la PC o Mac central que utilicemos cotidianamente para trabajar. ¿Usas estas o algunas otras aplicaciones para tus actividades académicas? ¿Qué te parece esta manera de realizar investigación?


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5 thoughts on “Historiar en el siglo XXI: aplicaciones imprescindibles para la “investigación 2.0” (Parte I: GoodReader y Dropbox)

  1. Cara. Pero todo depende de la plataforma de sistema operativo que utilices. En mi caso, bajo Ubuntu, puedo usar su propio servicio (Ubuntu One), que me permite lo mismo que DropBox, pero de manera más sencilla; se te olvidó, quizás, explicar no sólo el modo “tablet”, sino también las aplicaciones para las distintas plataformas de celulares y las de escritorio, que puedes sincronizar en todo momento, y en las que también puedes utilizar Ubuntu One. En el caso de GoodReader, hay varias aplicaciones para Ubuntu que te permiten eso y más, algunas gratuitas y otras con costo menor incluso al que ofrece GoodReader (de 1,99$ a 10,99$)…
    Pero el punto no es ese, sino el de adaptar las herramientas digitales para la investigación histórica. En este aspecto concreto, el uso que estás dando a las herramientas es el tradicional: voy a la biblioteca, saco la copia del libro que me interesa, me la llevo a donde quiera y hago en ella las anotaciones que considere oportunas. Al final, las copias acaban almacenadas en estantes o se las desecha una vez utilizadas. Ahora esta forma de trabajo se amplía enormemente al poder abarcar bibliotecas e información a las que antes no se tenía acceso, tanto por la distancia, como por los costos y permisos necesarios.
    Sería bueno poder integrar la información en una base de datos una vez extraída. Por ejemplo, una aplicación para Android (no me consta que exista para otras plataformas celulares) como EasyBib, gratuita pero poco conocida, reconoce la imagen del código de barras de un libro y lo almacena en varios formatos de ficha, incluso dando la opción de buscar otras ediciones del mismo, pudiendo luego enviarla a tu dirección de correo electrónico. Ahorras tiempo al no tener que, tediosamente, introducir la información tú mismo. Además, algunos de estos formatos pueden luego importarse desde un sistema de bases de datos para almacenarlo, etiquetándolo en campos al efecto y añadiendo a ellos los fragmentos de información (extraído por OCR tanto de las copias como del texto digitalizado) y el análisis concreto (en el formato necesario), y relacionándolo con otros contenidos de la misma base u otras externas para completar la tarea. Es una forma de trabajar con fichas: forma avanzada, sí, pero no deja de ser trabajar con fichas.
    Mi pregunta es: ¿no hay una mejor forma de hacerlo? Quiero decir, las herramientas actuales y sus formas de procesamiento, ¿no nos ofrecen mejores alternativas para el desarrollo de la investigación que la ampliación, en su caso, de los sistemas tradicionales de investigación? Desconozco la respuesta… Como contrapregunta, ¿qué te parece?

    1. Desde hacer algunos años he explorado el tema, e incluso trabajé mi tesis de maestría en torno a esto y para ello entrevisté a varios historiadores miembros del SNI. Algunos de los resultados fueron los siguientes: 1)Aceptación de las herramientas (si y en ese momento -2007- parecía no pesar edad o género), 2) Innovación en prácticas de investigación (poco, dado que en muchos casos se buscaba replicar los usos análogos pero ahora en versiones digitales) y, 3) Se discutió sobre el hecho de que si bien existe mayor acceso a fuentes, no necesariamente éstas simplifican los paradigmas, ni la profundidad de los estudios, aún y cuando la tecnología suponga ahorro de tiempo y dinero si se compara con procesos de investigación análogos.
      Al final me quedo con la reflexión a cerca de la generación digital de nueva evidencia o fuentes para la historia… ¿qué opinas?

      1. Geli, un sólo año para los avances de la tecnología es muchísimo tiempo, es decir, en un año se crean procesadores lo doble de rápidos, memorias de doble capacidad, y almacenamientos lo doble de grandes, todo lo anterior mientras los dispositivos se vuelven más pequeños, delgados y livianos. Digo esto porque mencionas que tu investigación se hizo en 2007 y de ese año a la fecha existe un abismo temporal en términos tecnológicos. Las conclusiones de tu tesis de maestría fueron muy válidas para entonces, pero hoy las percepciones y usos acerca de las herramientas y los avances en la digitalización son, seguramente, completamente distintos.
        Hay que tomar en cuenta también que los miembros del SNI (sin generalizar, por supuesto) probablemente ya bien habituados a un esquema de trabajo que no contempla las nuevas tecnologías, no aprecien en sus debidas dimensiones los avances de la misma, aunque sin duda me parece bastante interesante saber de qué manera este importante y cerrado grupo podría usar y adaptarse a este tipo de cambios tecnológicos (¿crees que puedas compartir tu texto?).
        Por otro lado, ¿qué tal si nos compartes también tu método de trabajo? ¿Usas tablets o smartphones? ¿alguna aplicación o paquetería en específico? Sería bueno saber cómo trabaja cada quien para ir dándonos una idea de cómo usamos la tecnología hoy día.
        Saludos y gracias por comentar.

    2. Claro David, sin duda quedaron fuera muchísimas apps y plataformas, pero quise centrarme en Dropbox y GoodReader por ser dos de las aplicaciones más populares y con mejores funcionalidades (a mi juicio) por el momento. Es por esa razón que no toco otros servicios de almacenamiento en linea también bastante conocidos y funcionales, como Box, Skydrive, Google Drive, Mega o, como el que mencionas, Ubuntu One, que tiene también la bendición de ser multiplataforma. Me centré en GoodReader porque creo que es la app más completa para el ecosistema iOS, y en mi siguiente entrada hablaré acerca de RepliGo, que funciona tanto en tabletas y smartphones Android, lo que ya de entrada es una ventaja con respecto a GoodReader, que sólo está diseñado para la iPad.
      De igual manera trataré de ir incluyendo el análisis del funcionamiento de otras piezas de software, tal como las que mencionó un usuario de Facebook (Fabio Carta) centradas en la redacción y la organización de nuestras fuentes documentales digitales (Papers for Windows para la organización, y Scrivener para la redacción).
      También espero hablar un poco acerca de la edición de PDF’s y la siempre necesaria tarea de hacer el escaneo OCR del que hablas, lo que ayuda a ahorrar tiempo y, por incrible que parezca, poca gente del gremio sabe usar (según mi experiencia).
      Como lo mencionas, el uso de las nuevas tecnologías más que revolucionar la investigación, no hacen más que servir de complementos y ayudas. Me parece que esto cambie, pues siempre, pase lo que pase, habrá la necesidad de acudir a los repositorios donde se resguardan nuestras fuentes primarias para poder trabajar con ellas ¡Son nuestra verdadera herramienta de trabajo!
      Ahora, hay que decir que con los esfuerzos en la digitalización de bibiliotecas, repositorios y archivos, muchas veces el investigador puede tener acceso a increibles cantidades de información desde la comodidad de su hogar o lugar de trabajo, lo que ciertamente cambia en algo (no demasiado) la experiencia investigativa. La Secretaría de la Defensa Nacional, el Archivo General de la Nación y la Colección Digital de la Universidad Autónoma de Nuevo León han hecho grandes esfuerzos en ese sentido y uno puede encontrar excelente información escaneada en sus páginas web como para tener que prescindir (por algunos días al menos) tener que acudir físicamente a dichos acervos, aunque claro, dependerá de la naturaleza de la investigación y, también, hasta de la suerte con la que uno cuente para que los documentos que uno necesite ya hayan sido digitalizados y “subidos” a la red.
      ¿Qué opino al respecto? Que si bien la labor de investigación se mantiene su esencia, es de agradecer tanto los esfuerzos de gobiernos e instituciones por preservar una copia digital de sus fondos, lo que ha impreso un matiz distinto a la tarea de la investigación. Si a esto sumamos que podemos traer en nuestras tablets y teléfonos documentos de 300 años de antiguedad que normalmente no podrían salir de la sala de consulta de un archivo, el resultado es una revolución, a mi modo de ver, claro.

      1. Tienes buena razón en muchos de tus puntos, especialmente en lo que se refiere a la digitalización por parte de las instituciones responsables y el empleo de aplicaciones multiplataforma en los casos en que sea necesario.
        Efectivamente, como te comenta Gell, eso no cambia la naturaleza de la investigación. Por lo visto, la comunidad académica se suma (sobre todo, en lo que a hardware se refiere) a esta “revolución tecnológica”. Pero, ¿puede darse una “revolución humanística” en lo que a investigación se refiere? La hay, de hecho, en la docencia, no tanto por las redes sociales como por las formas de transmisión de conocimiento, que han cambiado sustancialmente en las últimas tres décadas. Se queda, claro, sólo en un cambio de forma.
        Del mismo modo, en la investigación histórica hay dos renovaciones (reservo el concepto “revolución” para cuando la haya) básicas que afectan a la forma: en primer lugar, la ampliación de las fuentes a disposición del investigador y sus modos de apropiación, y el cambio en los métodos (que no la metodología) de la investigación, merced al desarrollo y/o uso de nuevas aplicaciones. En ningún caso esto presupone una revolución: no afectan a la naturaleza del quehacer historiográfico, sino meramente a su forma.
        ¿Habrá alguna forma de promover esta pretendida “revolución”? O, más bien, ¿podemos desarrollar alguna herramienta que cambie significativamente la naturaleza de nuestra comprensión de la historia? Quizás, como los psicohistoriadores de Asimov en el ciclo de la “Fundación”, deberíamos pensar para qué sirven nuestras investigaciones, y actuar de acuerdo con la realidad de que nuestro conocimiento del tiempo pasado (tiempo histórico) puede servir (como de hecho sirve) para cambiar el tiempo futuro… Quizás ahí yace la revolución: no en pensar que la historia explica nuestro presente, sino que sirve para el futuro.
        En cualquier caso, y reflexiones teóricas aparte, es encomiable tu esfuerzo por poner a disposición de los lectores de tu blog un recuento explicativo de los recursos disponibles para mejorar en la medida de lo posible la labor del investigador. No creo que los académicos estén preparados para un cambio de software (una lavada de cara), y que sufren innecesariamente con los cambios de hardware (algunos, incluso los disfrutan), puesto que la aplicación de nuevas técnicas, o viejas técnicas con traje nuevo, no se les hace fácil. Esta serie de entradas que pretendes realizar (pues veo que numeras la primera) sólo pueden ayudar, desde este pequeño lugar, a que todo cambie. Muchas gracias por ello, y por aceptar el debate.

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