La literatura como fuente histórica

Este tema se ha abordado en variedad de ocasiones por numerosos estudiosos quienes destacan la importancia de las obras literarias como legítima fuente histórica. Desde luego, como toda pieza de información que se tenga la intención de usar para realizar un trabajo histórico, deberá de sujetarse a los protocolos habituales de análisis y critica que todo profesional de la historia debe llevar a cabo con sus herramientas de trabajo, es decir, sus fuentes.

Y aunque el debate sobre la utilidad de la literatura como fuente histórica válida haya sido larga y profunda, probablemente habría que aceptar que la importancia de dicha disciplina ha aumentado en las últimas décadas para los profesionales de la historia, como lo sostiene Enriqueta Vila:

La atención, desde mediados del pasado siglo, a la historia económica, y social, apoyándose en datos nuevos y estadísticos que sobrepasan en mucho a la historia “externa” o “ideológica”; o el interés por la historia de la cultura y de las mentalidades, ha obligado a los historiadores a buscar nuevas fuentes y métodos que puedan introducirlos en una dimensión que les permitan captar situaciones y personajes más remisos a dejar huellas: los llamados “gentes sin historia”, que al fin y al cabo son los que soportan y, en muchos casos promueven, los verdaderos cambios experimentados por la humanidad. Y desde luego para esto nada más interesante para un historiador que las fuentes literarias como ya pusieron de manifiesto en su día maestros como Américo Castro o Jaime Vicens Vives, y más recientemente José Antonio Maraval o Antonio Domínguez Ortiz, por citar los más relevantes […].[1]

Vila está lejos de ser la única que piensa de esta manera. Julian Marías afirma que “la literatura y más concreto, la novela, es un recordatorio muy eficaz para los historiadores respecto a esa dimensión del pasado (y del presente) en la que lo imaginado y lo posible es tan históricamente relevante como lo acaecido y lo real”.[2] Alejo Carpentier, por su parte, nos dice que “[…] la función cabal de la novelística consiste en violar constantemente el principio ingenuo de ser relato destinado a causar placer estético a los lectores, para hacerse instrumento de indagación, un modo de conocimientos de hombres y épocas, modo de conocimiento que rebasa, en muchos casos, las intenciones de su autor”.[3]

Las tendencias actuales de la historia —nos dice Vilar—, que pretenden indagar en nuevos terrenos, como la vida cotidiana, historia de género, de las mentalidades, de la vida cultural, entre otras, deben por fuerza acercarse al terreno novelístico, pues “todos los problemas y los nuevos planteamientos de la sociedad en la que nos encontramos han tenido, como dice Carmen Iglesias, su experimentación correlativa tanto en el género de ficción como en la técnica y escritura de los historiadores”.[4]

María Luisa Lanzuela, al analizar a la literatura como fuente histórica a partir de las obras de Benito Pérez Galdós, se une a la corriente de académicos que ven en el “género de ficción” una fuente fidedigna para hacer historia, pues hay que convenir en que ninguna obra literaria es un hecho aislado, sino que es un reflejo, ya se consciente o inconsciente, de la situación social, económica y política de un determinado momento histórico. Por ello, la obra literaria está históricamente condicionada por la sociedad, cuya esencia no se entiende sino de manera histórica. De esta manera, “el historiador puede y debe servirse de la producción literaria como de insuperable guía para explorar la recóndita intimidad de un momento histórico”.[5]

A pesar de su clara inclinación por el texto literario, Lanzuela admite que debe existir cierto tratamiento a dichas obras para que el historiador pueda exprimir todo su potencial y, de paso, para evitar caer en imprecisiones y/o errores que pudieran trastocar su investigación. Por ello,

habrá que realizar previamente, como ocurre con cualquier otro documento histórico, un minucioso examen y una valoración crítica de la obra en cuestión: ¿Hasta qué punto es esa obra índice fiel de su tiempo y del lugar al que se refiere? ¿Qué proporción representan en dicha obra lo individual o anecdótico, y lo colectivo?[6]

De manera similar piensa Valeria Cortés, quien cree que “para que la obra literaria responda a las interrogantes del historiador, este ha de atender a las propuestas de Ricoeur y Gadamer quienes señalan la importancia de abordar al texto y al autor en sus respectivos contextos temporal, político y cultural. Así el autor y su obra se transforman en fuente histórica”.[7]

Pero si no es por las posibilidades que la literatura ofrece a ramas de la historia como las mentalidades, ni por su perfecto uso como fuente histórica siguiendo la protocolaria metodología de la academia, entonces la literatura debe ser consultada al menos porque comparte con la historia una misma protectora mitológica: Clío. O así nos lo plantea Leopoldo Alas, quien en una de sus obras hace discutir a las musas Clío y Calíope sobre el lugar de la novela, que se ubicaba entre la historia y los relatos de origen épico que cada una protegía. Así, Alas pone en boca de Clío el siguiente discurso:

Repito y repetiré cien veces que me importa mucho recabar mi jurisdicción sobre la novela, ya que este es el género más comprensivo y libre de la literatura en los días que corren; y como no hay para la Novela, Musa determinada, yo quiero ser quien la dirija; porque así como se ha dicho que la estadística es la Historia pasada, yo creo que la novela es la historia completa de cada actualidad, no habiendo en rigor, entre la historia y la novela más diferencias que la del propósito al escribir, no en el objeto que es para ambas la verdad de los hechos […] La verdad, ese cielo abierto al infinito que tenemos ante estos estrechos agujeros de los ojos, es la fuente de belleza y por eso, la novela, la forma más libre y comprensiva del arte, se da la mano con la historia, penetra en sus dominios, y yo Clío, que soy la musa de Tucídides y de Plutarco, debo ser la musa de Cervantes y Manzoni.[8]

Clío: ¿Musa tanto de la historia como de la novela?

A este ideal artístico de la literatura y de la historia se une el pensamiento de Josep Pla, quien afirmó que en esta última existen elementos “inaprensibles y difíciles de concretar”, motivo por el que la historia se acerca, más que a una ciencia, al arte, como lo hace la literatura.[9]

Aunque lo anterior pueda parecer una defensa pobre a favor de la integración de la literatura como fuente histórica y su relación con el ámbito del arte, no podemos negar el vínculo existente entre ambas disciplinas, como lo comenta Rubén Videla en su estudio sobre la burguesía rosarina (Argentina), a través de la literatura como forma de conocimiento histórico e historiográfico. En este, Videla afirma que los ejes centrales de la polémica “literatura-historia” partieron de

la evidencia que la historiografía heredó legítimamente de nuestro cercano pasado precientífico, como forma de exposición y explicación: el milenario recurso de la narración; y por otro lado, de la eterna petición de objetividad (entendida como correspondencia y/o controlada distancia entre los enunciados y las entidades referenciadas por esos enunciados) al conocimiento histórico para hacerlo ‘verdaderamente’ científico.[10]

Así pues, historia y literatura no se encontrarían tan alejados en su más íntima forma de elaboración. No es ese el problema sin embargo, sino la utilidad de la última como herramienta para la primera. En nuestra actualidad, las diversas especializaciones de la historia han flexibilizado, para bien o para mal, su metodología, permitiendo de esta manera el uso y el estudio interdisciplinario de las fuentes. Así, ya no se ve como un error buscar en las novelas los detalles de un evento, siempre y cuando se tengan en cuenta las consideraciones metodológicas necesarias. Por tanto, la historia ya no ve sólo en los materiales resguardados en los archivos y repositorios oficiales sus fuentes de inspiración, sino que ahora vuelve también la mirada a diarios personales, cartas, fotografías, obras artísticas y, desde luego, las obras literarias (que en algunos casos también podrían ser tomadas como verdaderas obras de arte).[11]

La discusión es larga y apasionada y, en mi opinión, más inclinada a una adopción de la literatura como fuente. Otros autores han también emitido importantes opiniones y estudios al respecto, como Bernarda Urrejola, quien hace un extenso análisis del concepto de literatura en un momento histórico bien preciso y, acaso, muy importante debido a las coyunturas por las que atravesaba el país, me refiero al periodo que va de 1750 a 1850, un siglo completo que ve la emancipación de las colonias americanas de la Corona española; el nacimiento de México como nación, y sus primeros y entropezados pasos, que marcan sin duda el devenir de sus hombres de guerra, y sus hombres de letras, a los que habrá que estudiar para entender al México decimonónico (como espero hacerlo en algún punto).

Ahora, ¿qué autores —en mi opinión— se destacan para enteder el siglo XIX mexicano?

Antes que nada habría que citar a Manuel Payno, autor de Los Bandidos de Río Frío y de El Fistol del Diablo. Estas obras de tamaño monumental (más de novecientas páginas cada una) han sido catalogadas, en especial la primera, como “radiografías” del México de mediados del siglo XIX y, en palabras Ralph E. Warner, Los Bandidos es “el estudio costumbrista más amplio que existe en la literatura mexicana”, pues nadie antes de Payno (y probablemente tampoco después) “ha abarcado tan completamente en un solo libro la sociedad entera de una época”.[12]

Ambientados en las inestables condiciones sociales, políticas y económicas del México decimonónico, las obras de Payno exploran prácticamente (y con lujo de detalle), todas las clases sociales que conformaban entonces a la sociedad mexicana, tanto urbana como rural con una maestría que probablemente sólo podía verse en los grandes autores europeos de ese mismo siglo. La prosa de Payno es tan fluida y absorbente, que en más de una ocasión el lector (incluido el historiador de ojo crítico) se encuentra más que dispuesto a creer a pies juntillas todo cuanto consigna don Manuel en sus obras. Hay, no obstante, que saber hacer oídos sordos a estos cantos de sirena y analizar críticamente las condiciones sociales de este autor, su ambiente familiar, sus influencias políticas, su formación académica, entre otras variables, para poder entender porqué escribe, para quién lo hace y qué busca con ello.

Un contemporáneo suyo no puede faltar es Guillermo Prieto, quien al revivir las diversas etapas de su vida, desde su infancia hasta sus avatares en la política mexicana, pinta con vivos colores los usos y costumbres de una sociedad eminentemente rural y abnegada a la suerte que sus gobernantes designaran, no sin pasar, desde luego, por los conflictos que, como miembro destacado de la “clase política”, le tocó presenciar, como la rebelión de los Polkos, de la que él mismo (y Payno) fueron participantes activos.

Otro autor que no puede pasarse por alto y que ilustra la forma de vivir en el occidente México, así como problemáticas bien enraizadas y que perviven hoy en día, es Luis G. Inclán, con su novela Astucia, en la que deja ver bien las dificultades de la familia mexicana por sostenerse, la necesidad de recursos, la búsqueda de ellos en una actividad ilícita para la época (el contrabando del tabaco) y los problemas derivados de ello, lo que desarrolla la trama, y permite mostrar una problemática presente todavía hoy en esa misma región: la ausencia de un Estado fuerte que imponga su autoridad ante la comisión de diversas acciones consideradas delictuosas.

En el mismo tono costumbrista tenemos a toda una miríada de autores cuyas obras, al tratar de personajes o asuntos específicos, revelan también un modo de vida, las costumbres, las condiciones de un pueblo, villa, región, o del país entero. Para mencionar sólo algunos, tenemos a José Joaquín Fernandez de Lizardi, Ignacio Manuel Altamirano, Roa Bárcena, Vicente Riva Palacio, José Tomás de Cuéllar, Pedro Castera, Rafael Delgado, Ángel de Campo, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Laura Méndez Cuenca y Federico Gamboa.

La lista no es, de manera alguna, exhaustiva, pues se ha calculado que existen, por lo menos, doscientos cincuenta y dos novelas para el periodo decimonónico.

Además de las obras propiamente literarias de autores de la época, no pueden quedar fuera los trabajos que se han dedicado a explorar y analizar a la literatura de este periodo y a sus responsables, pues son herramientas que permiten rastrear los textos a consultarse y valorar su pertinencia con un énfasis histórico. Uno de estos estudios es Doscientos años de narrativa mexicana, editado por el Colegio de México, el cual nos impide olvidar la obra que la antecede y a la que rinde homenaje: Cien años de novela mexicana, de Mariano Azuela, así como La novela popular mexicana en el siglo XIX de Alberto Villegas, investigaciones que sin duda resultan de gran interés para toda persona que se encuentre interesada por conocer el cuerpo literario mexicano, así como por el análisis de las obras citadas.

¿Qué opinas? ¿Debe la literatura ocupar un lugar prominente como fuente histórica?


[1] VILA, “La literatura como…”, 2009, p. 14.

[2] VILA, “La literatura como…”, 2009, p. 14.

[3] VILA, “La literatura como…”, 2009, p. 14.

[4] VILA, “La literatura como…”, 2009, p. 15.

[5] LANZUELA, “La literatura como…”, 2000, p. 259.

[6] LANZUELA, “La literatura como…”, 2000, p. 260.

[7] CORTÉS, “La Quinta Modelo…”, 2011, p. 32.

[8] MAINER, “Literatura como historia…”, 2008, p. 84.

[9] CANAL, “Josep Pla y…”, 2006, p. 9.

[10] VIDELA, “La literatura como…”, 2003 pp. 130-131.

[11] CORTÉS, “La Quinta Modelo…”, 2011, p. 32.

[12] Así lo consigna Antonio Castro Real, en el prólogo a Los Bandidos.


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